Calle de Tabernillas: casi cinco siglos de tradición bodeguera

La calle de Tabernillas no engaña. Su nombre indica que aquí se han alojado tabernas, bodegas y despachos de vino desde hace cinco siglos. Una calle con personalidad propia, citada en la obra de Benito Pérez Galdós y la música de Joaquín Sabina. Un rincón de Madrid donde la tradición huele a chato de vino.

La calle de Tabernillas, en el madrileño barrio de La Latina, parte de la plaza de Puerta de Moros y transcurre hasta la calle del Águila. Pasear por ella es como retroceder cinco siglos, cuando se llamaba Tabernilla de San Francisco por su proximidad a la iglesia de este nombre. Años más tarde, a mediados del siglo XVII, la calle se llamó Tavernillas, para un siglo después pasarse a denominar Tabernillas de Parla. 

Calle de las Tabernillas

Hay quien dice que Parla fue un famoso tabernero, propietario de varios establecimientos de la zona. Y los hay que piensan que la calle se llamaba así porque servía vino procedente de esta localidad madrileña. Sea como fuera el origen de su nombre, lo cierto es que la calle pasó a llamarse de Tabernillas en 1835, manteniendo su denominación desde entonces.

Negocios con tradición bodeguera

En la calle de Tabernillas, desde la época musulmana, siempre ha habido despachos de vino, aunque la primera taberna registrada se remonta a 1583, con un negocio a nombre de Andrés Rodríguez. Desde entonces, siempre ha habido locales de tradición bodeguera en la calle, especialmente durante los siglos XIX y XX. 

Calle de las Tabernillas

Una de las tabernas más conocidas fue la de Tomás, . Aunque se sabe que el negocio ya estaba abierto desde 1867, Tomás González la adquirió en 1932. El tabernero era un personaje peculiar, porque compaginaba su trabajo con el oficio de escritor. Quizá las musas fueran la razón por la que la taberna nunca seguía un horario determinado. Un cartel ya lo avisaba: “Abro cuando llego y cierro cuando me voy”.

Tabernas de ambiente castizo

Otra taberna famosa, que aún permanece abierta en el número 13, es La Copita Asturiana, que mantiene su icónica fachada roja, un color simbólico para las tabernas de hace un siglo.

Calle de las Tabernillas

Se cree que este local fue bodega desde antes de 1904, pues sus cubas son más grandes que el espacio existente entre las vigas que las rodean, lo que indica que primero se pusieron las cubas y luego se construyó o remodeló el edificio. En su interior aún se puede observar un precioso mostrador de estaño con los clásicos grifos. Un ambiente castizo que combina perfectamente con platos típicamente asturianos, como las fabes con almejas, la fabada o el pote asturiano.  

Un poco más arriba de la calle, en el número 23 se encuentra La Taberna J. Blanco. Antes era una carnicería hasta que en 1988, la adquirió Joaquín Blanco. Tiene el sabor de las tabernas de mediados del siglo XX, ya que en su remodelación se conservaron  los azulejos y la barra de mármol del negocio anterior.

Calle de las Tabernillas

Cuenta con un pequeño restaurante con el sabor de las antiguas casas de comidas. Una decoración sencilla, mantel a cuadros rojos y una cocina casera donde destaca su cocido y sus callos. 

En la literatura y la poesía

La calle de Tabernillas ha tenido su momento de gloria tanto en la literatura como en la música contemporánea. Benito Pérez Galdós, gran conocedor del barrio de La Latina, imaginó aquí el domicilio de Fortunata, una de las protagonistas de su famosa obra “Fortunata y Jacinta”.  De su localización en la capital se decía en la obra: “Vivía en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los madrileños del centro es donde Cristo dio las tres voces y no le oyeron. Es aquel barrio tan apartado, que parece un pueblo”. 

Calle de las Tabernillas

En otro fragmento, también se hace alusión a la calle: “En un mes no pasó Fortunata más acá de Puerta de Moros, y una vez que lo hizo, detúvose en Puerta Cerrada. Al sentir el mugido de la respiración de la capital en sus senos centrales, volviose asustada a su pacífica y silenciosa calle de Tabernillas”. 

Por su parte, el cantante y compositor Joaquín Sabina fue vecino de la calleviviendo en una buhardilla del número 23. Como guiño a esta época, la calle Tabernillas aparece en alguna de sus canciones, como en “Incompatibilidad de caracteres”: “Siempre que en mi piso de Tabernillas llueve, en su buhardilla brilla el sol”.

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