La calle del Águila: una tradición, una leyenda y un oficio centenario

La calle del Águila tiene sabor a antaño. Su nombre procede de un gran águila dorada que era paseada en procesión junto a gigantes y enanos como curioso símbolo religioso. Sin embargo, esta calle es conocida porque fue la que vio nacer a San Isidro, según marca la tradición.

En Madrid hay calles que pasan desapercibidas. Parecen calles normales, que llevan ahí toda la vida, y sin embargo, arrastran una curiosa historia que explica su nombre. Es el caso de la calle del Águila, situada en el barrio de La Latinauno de los rincones que merece la pena visitar, tanto por lo que muestra como por lo que esconde.

La calle del Águila está situada en lo que antiguamente era llamado barrio de Calatrava. Hoy limita al norte con las calles de Tabernillas, la del Ángel y Mediodía Grande, y al sur con la calle Ventosa. Sin embargo, en los antiguos planos de Madrid de Texeira y Espinosa, se cita que la calle del Águila comenzaba en la calle del Mediodía Grande y acababa en el Campillo de Gil Imón.

La calle subía hasta el Campillo de Gil Imón en forma de cuesta muy pronunciada. Según la publicación “Blanco y Negro” del 21 de enero de 1899, esta pendiente contribuía a darle a la vía “su genuino carácter madrileño. La misma publicación describía también que, para salvar el gran desnivel, “la calle había sido adornada con unos peldaños por la caridad municipal”.  

Un águila en un corral

Al parecer, y según los cronistas de la Villa y Corte, la calle debe su nombre a un águila dorada de gran tamaño que el Ayuntamiento sacaba en las procesiones del Corpus Christi y de la Minerva de San Andrés. Era costumbre que en épocas pasadas las procesiones religiosas estuvieran acompañadas por gigantes, enanos y tarascas, que convivían en perfecta armonía con la simbología evangélica. De ahí que esta enorme águila de San Juan fuera sacada en andas como símbolo del cuarto evangelistas. 

El águila había sido regalada al concejo por Gil Imón de la Mota. Este personaje fue abogado, juez y fiscal del Consejo Real de Castilla, y llegó a ser Contador Mayor de Cuentas de Felipe IV y gobernador del Consejo de Hacienda. Fue él quien cedió un corral de su propiedad, situado en la cercana calle de San Bernabé, para guardar la pieza tras las procesiones. 

Allí iban a buscarla, entre danzas y chirimías, para devolverla una vez terminado el acto religioso. Como curiosidad, en el lugar que antes ocupaba ese antiguo corral hoy en día se levanta el Hospital de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís.

Donde nació San Isidro

La calle del Águila debe también su fama a que en el número 1 de esta calle, según se cree, nació y vivió los primeros años de su vida San Isidro. Fue en este lugar donde en el siglo XVII se levantó un oratorio dedicado al santo que después pasó a ser una pequeña capilla. La Guerra Civil provocó en ella numerosos destrozos, entre ellos el Altar Mayor, aunque logró salvarse una fotografía en la que aparecía claramente cómo era antes de la contienda. 

A lo largo de los años, la capilla ha sido reformada en numerosas ocasiones, la última en 2018. Tras permanecer cerrada durante más de treinta años, tras su última restauración se decidió su apertura al público los días 4 de cada mes. El día fue escogido porque se cree que San Isidro nació el día 4 de abril de 1082. 

Una capilla que merece una visita

El edificio que acoge la capilla fue construido en 1896 y bien merece una visita. Conserva una talla de madera policromada del santo, construida en el siglo XVIII y de autor desconocido. Recientemente ha sido restaurada y hoy se pueden observar con mayor nitidez sus colores originales.

El altar mayor está presidido por un cuadro de Rafael Tegeo, El Cristo crucificado, pintado por el artista en 1854. También se pueden observar dos tapices, obra de la Real Fábrica de Tapices, que adornan las paredes laterales de esta pequeña capilla, llena de tradición.

Una última sorpresa

Si damos un paseo por la calle del Águila, tras visitar la capilla del Santa aún nos llevaremos una última y grata sorpresa. En el número 12 de la calle encontramos uno de los comercios con más solera de la capital.Se trata de la última botería artesanal que queda en Madrid, propiedad de Julio Rodríguez. Lleva haciendo botas artesanales desde 1909. 

El oficio de botero pasaba de generación en generación, pero Julio Rodríguez comenta que, cuando se jubile, es probable que desaparezca de la Comunidad de Madrid. Nadie quiere continuar la saga familiar de un oficio tan sacrificado.

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