La Fuentecilla de la calle de Toledo y el oficio de aguador

Cuando el agua corriente no llegaba a las casas, los madrileños salían a las fuentes a recoger la que necesitaban. Los que podían permitírselo, encargaban a los aguadores que se las llevaran a sus viviendas. La Fuentecilla de la calle Toledo era un lugar de encuentro para los vecinos del barrio.

La Fuentecilla de la calle de Toledo, en el barrio de La Latina, se conocía por este nombre porque sustituyó a un pequeño pilón ubicado en ese mismo punto. Después se construyó la fuente en 1815, que sería una de las más importantes de Madrid. 

Situada en el número 105 de la calle, tenía 4,5 metros de altura y homenajeaba la llegada de Fernando VII tras su exilio en Francia. Su arquitecto fue Alfonso Rodríguez, que utilizó material desechado de la Fuente de la Abundancia, en la Plaza de la Cebada, y del convento de Premostratenses de San Norberto.

Con su león rapante, obra del escultor Manuel Álvarez, la fuente hace alusión al poder español sobre los dos hemisferios. En el conjunto aparecen los símbolos del dragón y el oso, y las siete estrellas del escudo de Madrid. La Fuentecilla, que traía agua del arroyo del Abroñigal, fue declarada Bien de Interés Cultural en 1996. En su día fue tan importante que tenía once aguadores para servir a los vecinos.

Servicio de aguador

Solo las clases pudientes disponían en sus patios de una fuente propia. Por ello, el trabajo de los aguadores consistía en llevar el agua a las viviendas de los vecinos a cambio de una pequeña cantidad de dinero. Era un servicio público perfectamente regulado. El Ayuntamiento les concedía una licencia de actividad y los aguadores no podían ausentarse de su puesto sin permiso, como tampoco traspasar o comerciar con sus plazas. Si había un incendio en la capital tenían que acudir con una cuba de agua. A quien incumpliera estas normas se le penalizaba o retiraba la licencia. 

Cada aguador, que a mediados del siglo XIX pagaba 50 reales por su licencia y 20 por su renovación anual, iba uniformado. Su vestimenta estaba compuesta por una chaqueta oscura de paño con solapas y el escudo bordado, y doble botonadura dorada. El conjunto se completaba con un chaleco rojo, un pantalón marrón con fajín rojo, botines y gorra de fieltro con visera.  

En el ojal de su chaqueta o chaleco, o en la gorra, el aguador portaba una placa con su nombre, su número y la fuente en la que trabajaba. Hasta 1809 tenían que portar también  un farol encendido al anochecer.

Vecinos y aguadores

Algunas fuentes de Madrid, como la de Puerta Cerrada, la de Puerta de Moros o la Fuentecilla de la calle Toledo, eran tan importantes que tenían a su cargo varios aguadores. También era común la presencia de cabezaleros, que ponían orden en la fuente. Este último cargo era voluntario y tenía una duración de dos años. 

En las fuentes de un solo caño los vecinos tenían preferencia. Si había dos, uno era para los vecinos y otra para los aguadores. En las de tres, dos eran para los aguadores. Y si tenía cuatro, una era para los vecinos, otra para los aguadores que portaban cubas y la última para llenar cántaros. Aun así, muchos aguadores recogían agua de los caños vecinales, lo que habitualmente levantaba protestas.

Una plaza en juego

Los aguadores, habitualmente, eran originarios de Galicia y Asturias. Todos debían contar con buena forma física para portar tanto peso. Debido a la exigencia del oficio, trabajaban una media de tres años y después se iban a su pueblo. Allí trabajaban en labores agrícolas o ganaderas durante tres años y posteriormente recuperaban su puesto en Madrid. 

Los aguadores solían compartir casa y habitación, y vivían hacinados en penosas condiciones. Muchos eran aficionados a las cartas, una actividad que pese a estar prohibida causaba continuas peleas. Muchos comercializaban con su plaza de aguador, vendiéndola o traspasándola, a pesar de estar prohibido. 

El paso a la modernidad

Cuando una persona nueva entraba en el oficio, sus compañeros debían responder de su solidez moral. De igual manera, podían denunciarlo si consideraban que su conducta no era la adecuada o no se presentaba al trabajo limpio, con las uñas arregladas y el pelo bien cortado. Además, para desempeñar el oficio el aguador tenía que ser español, hijo de un matrimonio legítimo y tener 18 años cumplidos. 

Durante la época de los aguadores era común encontrar a los vecinos en torno a las fuentes. Allí se comentaban las noticias de la jornada y se mantenía un contacto directo con las personas del barrio. A comienzos del siglo XX, con la llegada del agua corriente a las viviendas, fue desapareciendo el oficio. La gente ya no se citaba en las fuentes y Madrid dejó de tener ese carácter rural para empezar a abrazar la modernidad. 

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