Secretos que muestra y esconde la Plaza de los Carros

La Plaza de los Carros se encuentra en el epicentro de La Latina. Si te encuentras en este punto, estás en el lugar perfecto para visitar algunas de las maravillas del barrio. Por lo que se ve, y por lo que esconde, la Plaza de los Carros es considerada el corazón del Madrid medieval.

La Plaza de los Carros es, y ha sido siempre, un lugar de encuentro en el barrio de La Latina. Antiguamente en este punto hacían un alto los carros que llegaban a la ciudad. Atravesaban la Puerta de Moros y paraban en la plaza para descargar las mercancías que después se vendían en la capital. No hay que olvidar que la plaza se encuentra muy cerca del Mercado de la Cebada.

Plaza de los Carros

En este punto, además, paraban las carreteras destinadas al transporte de viajeros. Especialmente, las que iban al sur, en dirección a Toledo. El trasiego de gente siempre ha estado ligado a una plaza que ha tenido diferentes nombres. Durante el Sexenio Democrático tomó el nombre de Plaza de Aguirre. En 1931, sin embargo, era conocida como Julio Romero de Torres. La remodelación del entorno urbano que tuvo lugar en 1965 la devolvió su nombre tradicional.

Museo de San Isidro
Un enclave privilegiado

Hoy se dan cita en la plaza, cuando el tiempo acompaña, niños jugando y vecinos en busca de charla. También los turistas, que establecen en este punto el comienzo de su visita al Madrid más medieval. Porque la Plaza de los Carros tiene mucho que ver en su entorno, aunque lo más importante es, quizá lo que esconde.

Fuente octogonal Plaza de los Carros

La Plaza de los Carros está situada en el conjunto de espacios abiertos que forman la Plaza de la Cebada, la Puerta de Moros y la del Humilladero. En pleno eje de la carrera de San Francisco, está circundada por la Costanilla de San Andrés y la calle de Don Pedro. Desde allí se puede apreciar la cúpula de la capilla de San Isidro y la fachada de la Casa-Palacio del Duque del Infantado. 

Palacio del Infantado visto desde la Plaza de los Carros

En la misma Plaza de los Carros se puede observar una fuente de forma octogonal. Un poco más al sur hay otra mural, con un caño principal y otros siete menores. Una fuente con historia pues hace más de un siglo se encontraba en este punto la antigua fuente del Humilladero de San Francisco.

Iglesias, museo y trampantojo

Al norte de la Plaza se encuentra la iglesia de San Andrés, que merece la pena visitar para ver su magnífico interior. A su lado se encuentra la plaza de San Andrésy el Museo de San Isidro, y al suroeste el Palacio del Duque del Infantado. Esta casona, construida en el siglo XVIII, es hoy la sede del Instituto CEU de Estudios Históricos.

Detalle del trampantojo

Pero sin duda una de las cosas que más llama la atención a los visitantes es el trampantojo que se puede ver en uno de los edificios de la plaza. De lejos, la escena parece real. Una vez nos situamos cerca podemos ver los detalles. Hay, por ejemplo, dos personajes asomados a los balcones. Eran vecinos reales que quisieron verse reflejados en la pintura. El artista y autor del trampantojo, Alberto Pirongelli, les dio el capricho. 

En el subsuelo de la plaza

El enclave donde se sitúa la Plaza de los Carros pertenece al Madrid más antiguo. Por eso, cualquier trabajo de urbanización que se realiza en la plaza puede ofrecer como resultado la aparición de restos arqueológicos.

Fuente Mural

En 1984, las obras dispuestas por el entonces alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, desenterraron restos de la muralla árabe. Se encontraron también dos silos y una estructura abovedada de ladrillo que bien podría tratarse de una poterna de entrada al foso en el siglo XI. 

Viaje del agua

El año pasado aparecían también restos de la muralla cristiana del siglo XII y salía a la luz un viaje de agua de la época Omeya, único en la Península. Se conocía así que, en esta época, atravesaba la zona una estructura hidráulica que discurría a cielo abierto. 

Es tan elevada la posibilidad de que en las obras más cotidianas aparezcan restos arqueológicos que Patrimonio exige la presencia de un arqueólogo en el transcurso de los trabajos. Su misión es supervisar la excavación con el fin de encontrar posibles restos. Si esto ocurre, las obras quedan paralizadas y se buscan soluciones alternativas. La conservación de los restos más antiguos de Madrid está en juego.

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