Leyendas de la plaza del Alamillo y su pasado musulmán

La plaza del Alamillo fue de vital importancia en el antiguo Barrio de la Morería y hoy es uno de los rincones con más encanto de Madrid. Imposible no imaginar los pasadizos secretos que, según la leyenda, se esconden en su subsuelo.

La plaza del Alamillo, situada en el barrio de La Latina, es una de esas sorpresas inesperadas que nos ofrece Madrid. Un lugar alejado de las prisas, el tráfico y los ruidos. Un rincón acogedor y tranquilo, en el que todo invita a reflexionar cómo ha cambiado la ciudad con el paso de los siglos.

Plaza del Alamillo

La plaza está situada en las proximidades de la calle Segovia y la plaza de la Paja, en pleno Madrid de los Austrias. Una encrucijada de caminos entre las calles del Alamillo, Toro, Alfonso VI y de la Morería. Estamos en el Madrid más medieval, que fue el centro administrativo de la antigua Moreríay una de sus principales arterias.

Aquí estuvo asentada la comunidad morisca que vino a ocupar esta zona cuando la ciudad se hizo cristiana tras la toma de Alfonso VI, en 1803. En esta nueva etapa, los moriscos se fueron a vivir extramuros para seguir con sus tradiciones. Comerciantes, artesanos y alarifes poblaron estas callesy las llenaron de vida.

Plaza del Alamillo
El origen de su nombre

La plaza del Alamillo permanece ligeramente escondida a la vista de los viandantes, como recelosa de sus secretos. La creencia popular dice que la plaza recibe este nombre por el pequeño álamo que la presidía, que fue arrancado de raíz por un huracán que en el siglo XIX barrió la ciudad. 

Los historiadores, por su parte, consideran que el nombre procede del alamud o alamín, el tribunal que impartía justicia entre la comunidad morisca y que estaba asentado en esta plaza. Tras la conquista cristiana el nombre  de ‘alamín’ fue evolucionando y por similitud fonética acabó transformado en ‘alamillo’.

Plaza del Alamillo
Leyendas de la plaza

Sea como fuera, lo cierto es que esta plaza tuvo un papel destacado a lo largo de los siglos. Aquí estuvo situado el Ayuntamiento árabe en tiempos del califato cordobés de Hixen II. Y este lugar también fue escenario de uno de los episodios más célebres que se recuerdan en la capital, cuando el Cid Campeador se animó a rejonear un toro en la fiesta de Aliatar para celebrar la conquista cristiana de la ciudad. El cronista Pedro de Répide recoge la anécdota, dotándola de tintes épicos.

La plaza del Alamillo es, además, un lugar cargado de leyendas. Cuentan las crónicas de la época que esta plaza sirvió de refugio a los moriscos que practicaban la magia y el esoterismo. Y también hay quien cree que su subsuelo está plagado de catacumbas, cuevas y pasadizos secretos que comunicaban la Casa del Pastor, en el número 21 de la calle Segovia, con la Casa de la Moneda, en el Viaducto.

Plaza del Alamillo
Cine, literatura y crónicas 

El nombre del Alamillo aparece en crónicas históricas, literatura y cine. Antonio Hurtado en uno de sus romances comentaba que “En la antigua Morería, / barrio en Madrid conocido / hay una calle llamada / la calle del Alamillo”. Algo menos le gustaba la plaza a Miguel de Unamuno, quien decía de ella que “Más que plaza es un callejón sin salida, enteramente lugareño, con unos arbolillos entecos”.

Emilio Carrere, en su “Ruta emocional de Madrid”, habla de los recuerdos que le trae el lugar: “Novia mía, cuando paso / por nuestro antiguo rincón, / el gris que hay en mis cabellos / me duele en el corazón”.

También el director de cine Pedro Almodóvar  se dejó seducir por sus encantos. En su película “Tacones lejanos”, la protagonista, Becky del Páramo, interpretada por Marisa Paredes, hace un alto en esta plaza. Se acerca a las ventanas a ras del suelo del número 5 de la calle Alfonso VI y comenta que allí nació, en la portería de sus padres.

Plaza del Alamillo

Para disfrutar de este lugar de cine, repleto de tradiciones y con un importante peso en la historia de la ciudad, hay que venir sin prisas. La plaza del Alamillo es, con su peculiar trazado, el testigo de lo que en su día fue y hoy es la ciudad. Un estupendo rincón para hacer un alto en el camino, mirar alrededor y respirar esa tranquilidad que todavía puede ofrecernos la capital.

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