La estación de Tirso de Molina: una joya, un secreto y una leyenda.

La estación de Tirso de Molina, junto con la de La Latina y la de Puerta de Toledo, son las tres paradas de metro que comunican nuestro barrio con el resto de Madrid. Es una de esas pequeñas joyas del antiguo Madrid que merece la pena detenerse para contemplar. Sus paredes guardan un antiguo secreto y una leyenda enturbia su historia.

La estación de Tirso de Molina es una de las tres de la red de metro que comunican La Latina con el resto de la Madrid. Dependiendo de la salida que tomemos, esta parada  nos aproxima a dos de los barrios más castizos de la capital. Si lo hacemos por la salida de Plaza de Tirso de Molina, siguiendo por la calle del Duque de Alba, llegamos a la Plaza de Cascorro,  la calle  de San Millán  y la Plaza de la Cebada. Si bajamos  por la calle de la Colegiata, encontramos la Calle de Toledo y  Puerta Cerrada.

Si por el contrario tomamos la que nos lleva a la calle de la Magdalena, encontramos el Teatro Nuevo Apolo, y siguiendo por la calle que da nombre a la salida, cualquiera de sus bocacalles por la acera de la derecha se dejan caer hasta llegar a Lavapiés.

Breve historia

Fue inaugurada en 1921 bajo el nombre de Progreso, ya que por aquel entonces la plaza se llamaba de esa forma. Anteriormente y hasta 1834  en este lugar se encontraba el Convento de la Merced. En 1600 ingresa en el Fray Gabriel Tellez, dramaturgo que firmaba sus obras con el seudónimo de Tirso de Molina. Por esta razón en 1939 se rebautiza con el nombre del escritor, y su estatua preside la Plaza.

Una Joya del metro de Madrid

Fue el arquitecto Antonio Palacios el encargado de diseñar la estación. El vestíbulo del acceso por la boca que da a la Plaza de Tirso de Molina y a la Calle del Conde de Romanones, es una auténtica joya arquitectónica y la convierte en una de de las más bonitas de la red. La bóveda está cubierta de azulejos blancos biselados, con frisos de cerámica de Toledo, en reflejo de oro y cobre.

Preside la estación el escudo antiguo de la ciudad. Está realizado en cerámica y con reflejos metálicos. En un principio este escudo se colocó en la estación de Cuatro Caminos para la inauguración en 1919de la línea 1 por el rey Alfonso XIII. Más tarde se trasladó a la de Tirso de Molina.

El secreto que esconden sus paredes

Como era costumbre hace años, cuando los frailes fallecian, eran enterrados en un cementerio dentro del propio Convento. Cuando los obreros en plena construcción de la estación excavaron comenzaron a aparecer los huesos y esqueletos de los que habían sido enterrados en el Convento de la Merced. 

Se avisó a las autoridades que no sabían que hacer con los restos. Había varias opiniones al respecto pero al final se optó por depositarlos en las paredes antes de colocar los azulejos. Enseguida aparecieron algunos viajeros que afirmaban escuchar ruidos y lamentos de los frailes cuando pasaban el vagón por la estación.

Su leyenda negra

Pero sin duda la leyenda más macabra de la estación de Tirso de Molina es la que cuenta la historia de una joven que una noche montó en el último tren que pasó por la estación.

Cuenta la leyenda que en dicho vagón junto a la joven solo viajan tres pasajeros. Una anciana que la miraba sin pestañear y dos hombres. La joven comenzó a inquietarse. En la siguiente estación subió un hombre que se sentó junto a ella.

En voz baja le dijo No te muevas, no hables, no la mires a la cara y bájate conmigo en la siguiente parada” La joven estaba aterrorizada, pero le hizo caso. Cuando por fin bajaron, el hombre le dijo que era “médium”y que la mujer del vagón estaba muerta y los dos hombres que la acompañaban la estaban sujetando.

La leyenda se fue propagando boca a boca. Según se fue conociendo no faltarón viajeros que afirmaban haber visto a la anciana muerta con sus acompañantes.

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